¿No vamos de viaje a Palomino?

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Con Palomino pasa, como debe pasar con el cielo: que uno quisiera que todos fueran, pero sabe que si todos van, deja de ser el paraíso. Y es que no nos digamos mentiras. Algo pasa cuando un lugar se vuelve el preferido de  los  turistas.

Si la desafortunada, es una gran ciudad, los lugareños de repente se sienten invadidos por miles y miles de personas que se sientan en su banquita preferida, que se asoman por su ventana como si su casa les perteneciera, o peor, como si se tratara de un museo al que van si comprar entrada. Pero cuando se trata de un lugar de esos a los que la naturaleza decidió tocar con varita mágica, la cosa se pone peor. Lo que era un paraje tranquilo se convierte en la propiedad privada de una turba que camina, grita, arrasa, invade.

Es por eso que es ahora cuando deberías ir a Palomino. Ahora cuando todavía puedes ver al rio que lleva su nombre (o del que heredó el nombre) bajar lenta y suavemente como quien no quiere molestar al mar. Ahora cuando todavía puedes disfrutar del  plátano, la yuca, el ñame, el maíz, el mango, la malanga, la ahuyama, la naranja y el cacao que siembran pequeños productores agrícolas de la zona. Ahora cuando en la mañana todavía puedes ver llegar a los pescadores con el pescado que te van a dar a la hora de almorzar.  Ahora cuando todavía sobreviven esos artesanos que elaboran esculturas de piedra, figuras arqueológicas de cerámica, sombreros de paja, abanicos, cestas y figuras de animales hechas con coco

 Sí ahora es el momento de ir a Palomino y disfrutar de la sonrisa sincera, de la paz que se contagia, de un paisaje que parece inventado por  la mente de un Nobel.  Ahora es el momento de ir a Palomino. Eso sí… Prométenos que no vas a ir con el espíritu de turista metido en el alma.